Activos intangibles: el nuevo motor del crecimiento exige profesionales capaces de generar valor

Ilustración de los activos intangibles: propiedad intelectual, marcas e innovación

La economía mundial ha cambiado de motor y muchas empresas todavía no lo saben gestionar. Según el informe World Intangible Investment Highlights 2026, elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO) y la Luiss Business School, la inversión en activos intangibles superó los 10 billones de dólares en 2025 y crece a un ritmo tres veces superior al de la inversión en activos físicos. El conocimiento organizativo, la I+D, el software, las marcas y el diseño ya no son un complemento del negocio: son, en muchos casos, su principal fuente de valor. Y ese cambio exige perfiles profesionales preparados para identificarlo, protegerlo y rentabilizarlo.

Los activos intangibles crecen más rápido que nunca

El dato central del informe es contundente. Entre 2008 y 2025, la inversión en activos intangibles ha crecido un 3,5 por ciento anual en términos reales. La inversión tangible, en cambio, solo avanzó un 0,98 por ciento en el mismo periodo. Solo entre 2015 y 2025, esa diferencia se ha ampliado todavía más: 4,4 por ciento frente a 1,8 por ciento. Estados Unidos, Japón y Alemania lideran en volumen absoluto, mientras que Suecia, Estados Unidos y Francia encabezan la clasificación en intensidad respecto al PIB.

Lo más revelador es que esta tendencia no depende del ciclo económico. Entre 2020 y 2025, la inversión en intangibles siguió creciendo a un 5,5 por ciento anual. Lo hizo incluso en plena escalada de tipos de interés y con condiciones de financiación mucho más exigentes. La inversión tangible, en ese mismo periodo, avanzó solo un 3,2 por ciento. La explicación tiene sentido empresarial. Construir una fábrica requiere grandes desembolsos financiados con deuda y a largo plazo. Invertir en software, en una base de datos propia, en formación del equipo o en el valor de una marca es distinto. Se trata de un proceso más flexible y menos dependiente del crédito.

Software, marcas y capital organizativo: así se reparte la inversión

El propio informe recurre a una imagen sencilla para explicarlo. En un coche eléctrico, buena parte del valor ya no está en la carrocería o el motor. Reside en la tecnología de la batería, el software y la marca. Los modelos de lenguaje, la tecnología detrás de los asistentes de inteligencia artificial actuales, llevan esta idea al extremo. Apenas tienen forma física y todo su valor reside en la investigación, los datos y el software que los sostienen.

Bajo el paraguas de los activos intangibles se agrupan categorías muy distintas entre sí. El capital organizativo (procesos, modelos operativos, cadenas de suministro y plataformas propias) es hoy la categoría más grande. Representa más del 30 por ciento del total. Le sigue la investigación y desarrollo, con cerca del 21 por ciento, y el software y las bases de datos, con un 17,6 por ciento. Las marcas, por su parte, ya representan una categoría de inversión que supera el billón de dólares a nivel global. Han crecido un 4,2 por ciento anual desde 2015.

El problema de fondo es que alrededor del 62 por ciento de esta inversión no se refleja en las estadísticas oficiales. La contabilidad nacional sigue sin reconocer como capital elementos como las marcas, el diseño o el capital organizativo. Esto significa que buena parte del valor real de una empresa permanece invisible. Muchos no saben dónde ni cómo buscarlo. Por eso resulta clave contar con especialistas capaces de identificar, valorar y proteger estos activos.

La inteligencia artificial multiplica el valor de los activos intangibles

El informe dedica un análisis específico a cómo la inteligencia artificial está transformando la relación entre empresas e intangibles. La IA no solo se apoya en datos, software y capital organizativo para funcionar. También eleva el retorno de cada uno de esos activos. Y obliga a las empresas a repensarlos.

En el terreno del capital organizativo, las compañías están rediseñando sus flujos de trabajo para integrar la IA en procesos que antes eran manuales. Es un cambio que a largo plazo llevará a operaciones cada vez más autónomas. La investigación y el desarrollo también se transforman. La IA comprime ciclos de descubrimiento que antes tardaban años en semanas. Y cambia el propio método de innovación. Las marcas viven una paradoja similar, según advierte el informe. La IA abarata la producción de contenido publicitario. Al mismo tiempo, convierte a las marcas consolidadas en garantía de autenticidad frente a la avalancha de contenido sintético. Esto las hace aún más valiosas, aunque también más expuestas a riesgos reputacionales como los deepfakes o la suplantación de identidad corporativa.

Este contexto exige profesionales que entiendan tanto la dimensión tecnológica como la jurídica y estratégica de los activos intangibles. Se necesitan personas capaces de valorar una cartera de marcas y proteger un desarrollo de software. También hacen falta perfiles que sepan estructurar acuerdos de licencia de datos o asesorar sobre cómo capitalizar el conocimiento acumulado por una organización.

Formación especializada, la respuesta profesional al auge de los activos intangibles

El informe de WIPO y Luiss Business School deja una conclusión de fondo. Los activos intangibles ya no son un asunto exclusivo de los departamentos jurídicos o de innovación. Se han convertido en una prioridad estratégica que atraviesa toda la organización. Las marcas, el know-how, el software propio o los procesos de una empresa determinan hoy su competitividad tanto o más que sus activos físicos. Gestionarlos mal, o no gestionarlos en absoluto, supone dejar sobre la mesa una parte muy relevante del valor de la compañía.

Esta realidad abre un espacio profesional en expansión. Las empresas necesitan perfiles capaces de auditar su cartera de intangibles, de protegerla jurídicamente, de valorarla económicamente y de integrarla en la estrategia de negocio. No se trata únicamente de conocer la normativa de propiedad industrial e intelectual. Es imprescindible traducir ese conocimiento en decisiones que generen valor: qué proteger, cómo licenciarlo y cómo defenderlo frente a terceros. También implica saber comunicarlo a inversores o socios.

La formación en propiedad intelectual se convierte así en una inversión con retorno directo. Lo es tanto para quien la cursa como para las organizaciones que incorporan a estos especialistas. Los datos del informe lo confirman. Estos activos no son una tendencia pasajera. Son el elemento que ya define quién crece y quién se queda atrás en la economía global. Prepararse para gestionarlos no es una opción de futuro, es una necesidad presente.

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