Nuevos soportes, nuevas formas de validar
El new media art no puede evaluarse con los mismos criterios que guiaron el mercado y la crítica del arte en los siglos anteriores. Nos enfrentamos a obras que ya no se definen por su unicidad física, sino por su estructura digital, su experiencia interactiva o su carácter algorítmico. En este contexto, aplicar mecánicamente las categorías tradicionales de autenticidad, originalidad o propiedad sería un error conceptual y técnico.
La figura del perito, lejos de desaparecer, se revaloriza y se redefine: ya no es solo un “especialista en arte”, sino un intérprete entre lenguajes. Necesita entender el código tanto como la estética, leer metadatos como antes analizaba pigmentos, y revisar smart contracts con el mismo rigor que una etiqueta de procedencia. Su función no es solo certificar lo que se ve, sino lo que sostiene la obra: tecnología, narrativa, procesos y contexto.
La autenticidad, en este nuevo paradigma, ya no reside únicamente en un “objeto único” o en una firma visible, sino en una red de elementos interrelacionados: el autor y su identidad digital, el entorno tecnológico que permite que la obra exista, el contrato o archivo que establece su trazabilidad, y la documentación que la enmarca históricamente. Es una autenticidad relacional, híbrida y dinámica.
Por eso, en esta nueva etapa del arte contemporáneo, el papel del perito, del jurista y del gestor cultural es más necesario que nunca: deben trabajar juntos para garantizar que el arte digital, por más inmaterial o efímero que sea, siga teniendo valor, sentido… y protección jurídica.
No se trata solo de validar un archivo, sino de reconocer que el arte —también en su dimensión digital— merece un marco de confianza, rigor y preservación que lo proteja frente a la volatilidad del presente.
El futuro del arte no está solo en las pantallas, sino también en quienes saben interpretarlo, archivarlo y defenderlo.